ESCAPADAS INVIERNO 2024

Felipe VI inaugurando la exposición “Los Machado. Retrato de Familia” en la Real Fábrica de Artillería

Cercana al Palacio de Dueñas, se encuentra la Iglesia de San Juan de la Palma, donde se bautizó Antonio Machado y donde, frente al mismo altar, años más tardes Manuel Machado contrajo matrimonio con Eulalia Cáceres Sierra. En el barrio, ambos hermanos, además, asistieron al parvulario del “señor Sánchez”, que según los inves tigadores se sitúan en la estrecha calle Menjíbar. Antonio Machado plasma esta imagen en su poema ‘Recuerdo Infantil’:

Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales. Es la clase. En un cartel se representa a Caín fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha carmín. Con timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano. «mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón». Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de la lluvia en los cristales. Y todo un coro infantil va cantando la lección:

La infancia de los hermanos Machado también estuvo muy vinculada al Museo de Bellas Artes, donde acudían de visita junto a su abuela Cipriana, que era pintora. Prueba de esta afición por la pintura se materializa en la obra de Manuel Machado, donde alude a una “transfusión del color a la palabra” en sus poemarios ‘Museo’ y ‘Apolo’. En 1879, la familia Machado se mudó al entorno de la Iglesia de la Magdalena, al número 1 de la calle Navas (hoy Mateo Alemán). En la plaza, cerca de la iglesia, Antonio Machado guarda gratos recuerdos de su infancia. Así lo plasma en un apunte en ‘Los Complementarios’, donde dejó escrito: No recuerdo bien en qué época del año se acostumbra en Se villa comprar a los niños cañas de azúcar, cañas dulces, que di cen mis paisanos. Mas sí recuerdo que, siendo un niño, a mis 6 ó 7 años, estábame una mañana de sol sentado, en compañía de mi abuela, en un banco de la plaza de la Magdalena, y que tenía una caña dulce en la mano. No lejos de nosotros pasaba otro niño con su madre. Llevaba también una caña de azúcar. Yo pensaba: “la mía es mucho mayor”. Recuerdo bien cuán seguro estaba yo de esto. Sin embargo pregunté a mi abuela: “¿no es verdad que mi caña es mayor que la de ese niño?”. Yo no duda ba de una contestación afirmativa. Pero mi abuela no tardó en

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